La presentación de Bad Bunny no fue arte inocente ni simple espectáculo: fue propaganda ideológica envuelta en ritmo.
Thonny Espín / Pastor evangélico
Una puesta en escena cuidadosamente diseñada para reforzar la narrativa woke del “artista víctima”, del imperio opresor y del sistema malvado, donde Estados Unidos aparece como tirano universal y él, como portavoz de los marginados.
Pero este libreto ya lo conocemos: se construye una imagen de rebeldía mientras se sirve dócilmente a las élites culturales que financian y amplifican ese mismo discurso.
Bad Bunny y la sodomía
No es contracultura; es cultura oficial disfrazada de resistencia.
Este personaje ha sido utilizado como herramienta simbólica del progresismo radical: besos performativos, travestismo escénico y gestos calculados que no buscan libertad auténtica, sino normalizar la confusión identitaria y erosionar valores fundamentales.
Recordemos que ha salido cantidad de veces vestido de mujer, besando en la boca a sus bailarines y proyectando una hipersexualidad y además, denigrando a las mujeres.
Todo presentado como “expresión”, pero en realidad funcionando como idiotismo social. No es casualidad: estas acciones forman parte de una estrategia mayor que romantiza la victimización, ridiculiza la masculinidad, trivializa la sexualidad y convierte el escenario en púlpito ideológico.
El mensaje no es amor; es desorden moral presentado como virtud.
Esto no es solo música (de musico tiene lo que yo tengo de especialista biomolecular), es ingeniería cultural.
Artistas como Bad Bunny operan como marionetas de agendas progresistas que buscan desmantelar a la familia, diluir la verdad objetiva y reemplazar principios trascendentes por emociones momentáneas.
Denuncian “el sistema” mientras viven de él; critican al capitalismo mientras viven en el país mas capitalista del mundo, (porque no se va a vivir a Venezuela, Cuba, China, Rusia). Y mientras tanto, millones de jóvenes consumen esta basura ideológica.
La Iglesia debe despertar. No basta con decir “cada quien su gusto”. Estamos frente a una guerra de cosmovisiones, y la respuesta no es silencio cómodo, sino formación bíblica, pensamiento crítico y valentía espiritual para llamar a las cosas por su nombre.

