Los sucesos de violencia ocurridos en México durante la última semana.
Fernando Ortiz / ITESO – México

resultado de un operativo armado en el cual un líder criminal de alto perfil fue abatido, reactivó nuevamente el debate político sobre las interacciones de seguridad, violencia gobierno y grupos criminales.
Entre las imágenes difundidas tras el operativo, una en particular captó la atención, ya que puso en escena un fenómeno menos explorado, pero que es profundamente significativo: la articulación entre la religiosidad y el crimen organizado.
Salmo de protección
En la entrada de la cabaña donde presuntamente se ocultaba el capo estaban colocadas de forma visible una roca con la imagen grabada de San Judas Tadeo y en otra una Virgen de Guadalupe. Al interior de la residencia se encontraban de igual manera diversas imágenes de santos, veladoras, un texto escrito a mano con el salmo 91, conocido popularmente como “el salmo de la protección”.
Esto lejos de ser un detalle anecdótico o una simple contradicción moral, no es un fenómeno aislado ni reciente, sino que se vuelve un escenario que constituye una dimensión estructural del fenómeno criminal contemporáneo en México, donde la religiosidad tradicional se envuelve en la devoción, y a su vez la religión se convierte en un blindaje simbólico de protección.
Desde la mirada de la antropología social de la religión, esto es una evidencia de un profundo proceso de resignificación simbólica en contextos de violencia estructural. La presencia de la Virgen de Guadalupe no es exclusiva de un entorno cristiano, sino que ha llegado a consolidarse como un símbolo nacional, donde convergen identidad, historia, política, religiosidad popular y pertenencia cultural.
Reconfiguración de la criminalidad
Es de llamar la atención que en la escena del operativo apareciera el salmo 91, ya que invoca explícitamente a la protección divina, donde según el texto encontrado en la casa de campo, puede leerse: “Mi amparo. Mi refugio. Mi Dios En quien yo pongo mi confianza” (sic). A lo que también aparece: “Él lo Librará del Lazo del cazador y del azote de la desgracia; Lo cubrirá con sus Plumas y hallará bajo sus Alas un Refugio” (sic). Todo esto sugiere que lo sagrado no desaparece del universo del criminal; sino que se reconfigura o lo reconfigura.
Aquí nace la importancia de analizar cómo la religión deja de operar como un sistema de regulación moral y hace una metamorfosis hacia una teología simbólica de protección, no se habla de la contradicción de la fe, sino de su reorganización práctica donde en contextos de narcoviolencia, la religión parece experimentar un movimiento funcional, que transita de una dimensión normativa basada en el pecado, hacia una dimensión cuyo propósito está en la capacidad de administrar el miedo, resguardando de manera simbólica el cuerpo, creando una respuesta o sentimiento de protección.
Con esto surgen formas paralelas de legitimidad simbólica donde la protección divina se convierte en un recurso estratégico, donde el objetivo no es denunciar la contradicción, sino comprender la lógica cultural que la hace posible.
La respuesta en este sentido se encamina hacia dos elementos claves, uno de ellos es el desplazamiento de la culpa, donde la divinidad no tiene como objetivo castigar sino proteger; el segundo es aquel donde lo sobrenatural se vuelve una opción de seguridad y protección frente al riesgo constante.
Por lo tanto, ¿Qué ocurre cuando un criminal aparece rezando a la Virgen, se encomienda a algún santo o se apropia de alguna oración? Desde un contexto interno de religiosidad ya no se observa la dimensión regulatoria de sus acciones sino la protección frente a ellas; en otras palabras, no se encuentra la ausencia de moral sino la reconfiguración de ella disminuyendo la función normativa de la religión para convertirse en una función protectora, posiblemente como compensación para gestionar el miedo a enfrentar la muerte.
Desacople entre religión y moral
Este escenario antropológico religioso abre la puerta a un contexto de desacople entre religión y moral donde tres ejes se ponen de manifiesto. El primero, donde el supuesto que asume que la religión por su carga ética modera la violencia. En estos casos dentro de la narco-cultura y su religiosidad parece llevarse al otro extremo donde se piensa más como un instrumento de protección y no como contención de la violencia.
El segundo eje se vincula a la fe y su correlación con la ética, partiendo del supuesto que se actúa de acuerdo con lo que la religión y sus normas establecen, aquí la moral se reordena y se vuelve en una idea donde tener fe no significa creer, sino que ahora su significado versa en la supervivencia y en una ética situacional donde se valora la justicia por encima del perdón o la lealtad al grupo por encima de normas universales.
Por último, el tercer eje es donde el supuesto se conforma de pensar que lo sagrado y lo ilícito son esferas excluyentes pero que en la práctica criminal están entrelazadas, y donde las imágenes y la devoción no son un modelo de moralidad sino una especie de intercesor donde se crean, producen y configuran sus propias formas de sacralidad.
La cuestión con esto no es si los criminales creen o no creen, la reflexión está en qué función cumple esa fe en un orden social donde la muerte y la incertidumbre son estructurales.
El análisis antropológico socio-religioso exige descifrar la lógica social y estructural que hace posible la transición de lo que puede considerarse como incoherencia moral hacia una adaptación cultural y la propia transformación funcional de la fe.
El dato relevante
El profesor Elio Masferrer los invita a un evento donde se abordará la fe y la antropología.


