Los datos son todavía más elocuentes: 39.2 % manifiesta ansiedad ante los problemas; 31.3 % afirma sentirse muy solo y triste aun teniendo amigos.
Una noticia publicada por un diario nacional debería provocar mucho más que preocupación entre los padres de familia.
Aleida Paredes / Docente

Debería llevarnos a una pregunta incómoda, pero indispensable: ¿Estamos realmente presentes en la vida de nuestros hijos o solamente estamos presentes en la misma casa?
La encuesta Jóvenes en México 2026, elaborada por el Observatorio de la Juventud en Iberoamérica en colaboración con Fundación SM, revela un fenómeno que merece nuestra atención: alrededor del 40 % de los jóvenes mexicanos de 15 a 29 años experimenta algún tipo de “desafiliación” o desvinculación de instituciones que tradicionalmente ofrecían pertenencia, apoyo y oportunidades de desarrollo, entre ellas la familia, la escuela, el empleo y las relaciones sociales.
Ansiedad y soledad
Los datos son todavía más elocuentes: 39.2 % manifiesta ansiedad ante los problemas; 31.3 % afirma sentirse muy solo y triste aun teniendo amigos; 41.1 % considera que no tiene a alguien con quien hablar de sus problemas y 43.2 % señala que lo que aprende en la escuela no le interesa.
Pero hay un dato que merece especial atención: la familia continúa siendo la principal red de apoyo de los jóvenes. El propio estudio señala que la familia es la institución que mejor ha logrado adaptarse a los cambios sociales y que sigue siendo el refugio al que muchos jóvenes acuden cuando enfrentan problemas. Además, 76 % todavía vive con su familia de origen.
Familia no pierde su importancia
Esto significa que la familia no ha perdido su importancia, pero sí enfrenta una pregunta decisiva: ¿Qué clase de familia estamos construyendo mientras nuestros hijos crecen? No basta con vivir juntos: necesitamos vincularnos. Una familia puede compartir techo y, sin embargo, vivir emocionalmente separada.
Podemos conocer las calificaciones de nuestros hijos sin conocer sus luchas. Podemos pagar sus estudios, comprarles lo que necesitan y llevarlos a sus actividades, pero no saber qué están pensando. Podemos preguntarles “¿cómo te fue?” y conformarnos con un “bien”, sin crear las condiciones para que algún día puedan decirnos: “Mamá, papá, necesito hablar contigo”.
La presencia parental no consiste solamente en estar físicamente. Consiste en mirar, escuchar, conversar, corregir, acompañar, preguntar, enseñar, celebrar, confrontar y permanecer. Y esto debe comenzar mucho antes de que aparezcan los grandes problemas. Porque la adolescencia no es el momento de empezar a educar el carácter. Es el momento en que muchas de las semillas sembradas durante la infancia comienzan a manifestarse. Nuestros hijos necesitan amor, pero también límites.
Padres con límites y amor
En una época en la que se ha confundido con frecuencia el amor con evitar cualquier frustración, los padres necesitamos recuperar una verdad elemental: amar también significa poner límites. Un hijo no necesita padres perfectos. Necesita padres presentes, coherentes y suficientemente firmes para decir:
“Esto no está bien”.
“No voy a permitir que te destruyas”.
“Puedes equivocarte, pero tendrás que asumir las consecuencias”.
“Te amo demasiado como para dejarte hacer cualquier cosa”.
“Voy a escucharte, pero también voy a decirte la verdad”.
Quizá esta noticia no debería llevarnos solamente a preguntarnos qué está fallando en los jóvenes. Debería llevarnos a preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo los adultos para que nuestros hijos quieran seguir vinculados con nosotros? La familia no se construye solamente con apellidos, fotografías, celebraciones o un domicilio compartido. La familia se hace.
Se hace cuando escuchamos.
Se hace cuando corregimos.
Se hace cuando perdonamos.
Se hace cuando ponemos límites.
Se hace cuando enseñamos a trabajar.
Se hace cuando celebramos los logros.
Se hace cuando acompañamos los fracasos.
Se hace cuando hablamos de Dios.
Se hace cuando nuestros hijos descubren que pueden disentir de nosotros sin dejar de ser amados.
Nota de referencia:
